Como el hombre necesita comer y Jesús les ha dado de comer, la gente se embarca en su busca. Cuando vuelven a encontrarse con Jesús les dice claramente: me buscáis porque habéis comido hasta saciaros.
Entonces les descubre otra hambre, que cuesta más descubrir: el hambre de la vida, de luz, de verdad, el hambre de amor. El hambre que tiene el hombre es hambre de Dios porque Dios es amor. Jesús nos invita con cariño a que busquemos el alimento que perdura dando vida eterna.
Distinguiendo entre el maná, pan del desierto, y el pan que el Hijo del hombre les proporciona, Jesús nos habla de la Eucaristía en la que Él mismo se entrega como comida saciando el hambre de dentro, de trascendencia, que llena el vacío profundo del hombre que sólo Dios puede saciar.
Nuestro mundo ha perdido la sensibilidad para descubrir este hambre, aunque inconscientemente experimenta su carencia. El hombre busca sin saber qué ni dónde. Cuando hemos comido del Pan de la Palabra, primer plato del banquete preparado por el Señor, nos adentramos en la alabanza y la acción de gracias y la petición, para comer el segundo plato de la Eucaristía con el que recobramos las fuerzas para vivir según la voluntad de Dios y llegar al banquete definitivo de su Reino.
Procura el alimento que da la vida eterna.




