Llegaste a mi vida envuelta en una toalla, metidita en una
caja, una fría mañana.
Eras tan pequeñita, como una ratita y habías hecho un largo
viaje para llegar a la que iba ser tu casa.
Tu cuerpecito temblaba de frío, te cogí, te envolví en una
mantita y te pegué a mí y así estuviste más de diez años pegadita a mí, sin
alejarte mucho ni un solo instante.
Jamás olvidaré tus ojos negros como la noche más oscura y su
brillar como la estrella más hermosa, tu pelo negro fuego mezcladito con plata,
tus cortas patitas y el mover de tu rabito.
Cómo jugabas a la pelota, cómo la parabas con tu patita derecha
y tu hociquito y con él me la enviabas de vuelta.
Cómo olvidar tus besos mientras las lágrimas bajaban por mi
rostro en esos malos momentos en los que abrazadita a ti buscaba consuelo,
hiciste que mis días no fueran tan oscuros y mi sufrimiento más pasajero.
En un cuerpecito tan pequeño, un corazón pequeño pero unos sentimientos tan
grandes, eso eras tú, toda lealtad, todo amor.
Dicen que no tenéis alma, que no amáis, que vuestro actuar
es sólo por instinto.
Yo eso no lo sé, lo que sí sé es que te he querido con todo
mi corazón, que jamás te olvidaré, que tus huellas están en cada rincón de mi
casa y de mi alma.
Desde aquí te mando, mi Kim Chica, un último beso.
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